domingo, 12 de junio de 2011

-EXPOSICIÓN DE CLASE-

Miércoles, 25 de mayo de 2011.


INTERVENCIÓN SOCIOEDUCATIVA CON PERSONAS AUTISTAS

El autismo es un trastorno de comunicación y de las relaciones, entendiendo trastorno como una alteración de los procesos cognitivos y afectivos del desarrollo.

“Ser autista es un modo de ser, aunque no sea el normal”

El trastorno de espectro autista nos indica que existe una gran variabilidad en la expresión del autismo, y el cuadro clínico de este trastorno no es uniforme ni está absolutamente demarcado, oscilando en un espectro de mayor o menor afectación.

A las personas autistas les es muy difícil aprender el lenguaje y comunicarse con los demás, por lo que sus relaciones sociales se ven muy deterioradas; no hay una conexión entre el lenguaje, el pensamiento y los sentimientos, por lo que la comprensión de las emociones y las respuestas afectivas, se ven muy afectadas.

A mi particularmente, este trastorno, me resulta muy interesante y como ya he dicho en otras ocasiones “me mueve” el trabajar y ayudar a este tipo de personas. En mi vida diaria, intento siempre hacer uso de mi empatía para solucionar los problemas que se me pueden presentar, entender a los demás e intentar ayudarlos de la mejor manera posible, pero esa capacidad de empatía, se ve truncada al hablar de personas autistas.

Al pensar en este colectivo, lo primero que se me viene a la cabeza es: qué es lo que sentirá una persona con autismo, cómo verá el mundo, qué pensamiento y que mundo interior tendrá; y lo llamativo y a la vez frustrante de esto es que no lo sabemos. Por desgracia, ninguna persona con este trastorno es capaz de explicarte cómo vive su mundo interior, qué cosas son importantes para él y cuales no, obviando de por sí el hecho de que existen distintos grados de autismo que pueden vivirse de forma completamente diferente.

Así pues, estamos interviniendo con personas de las que no podemos saber más de lo que ellas son capaces de transmitirnos acerca de cómo se sienten o qué necesitan, y con estas limitaciones es muy difícil mejorar nuestra intervención; lo único que podemos hacer es experimentar anhelando dar con la tecla mediante el ensayo-error.

Este tema me ha hecho pensar en algo. Las relaciones sociales de las personas como seres sociales, casi siempre están basadas en la experimentación. Experimentamos cosas que nos gustan, otras que no, y esas cosas, las hacemos extensibles a los demás, presuponiendo y confirmando (gracias al lenguaje), que los demás son capaces de sentir y pensar sobre el mundo que les rodea de la misma forma que nosotros; así, podemos ponernos en el lugar del otro con facilidad, pues sabemos que las experiencias que nosotros hemos tenido también han sido percibidas por ellos de la misma manera.

Desde esa “psicología social” nos movemos, y nuestro trabajo (además de un cuerpo teórico), tiene esa dimensión empática que también es muy importante, pues si no fuésemos capaces de sentir lo que sienten los demás, si no supiéramos que podemos extrapolar nuestras experiencias a las cosas que sienten y piensan los otros, quizás no habría trabajo social, y es más, quizás no habría relaciones sociales ni sentimientos de pertenencia a nada, pues seriamos seres puramente individuales incapaces de sentir o empatizar con el resto del mundo.

Después de intentar poner en pie (cosa que no se si he logrado) ese pensamiento, surge la pregunta obligada: ¿Y las personas con autismo? ¿Qué hacemos con ellas? No sabemos como piensan, qué les gusta, que no, que es más importante para ellos, que quieren en sus vidas, cómo perciben el mundo... ¿Cómo trabajamos con ellos? La dificultad aquí está en que no los conocemos en su “psique”, apenas sabemos nada porque no podemos extrapolar nuestros gustos y vivencias a los suyos porque no viven la realidad de la misma forma que nosotros...

Es muy frustrante darte cuenta de que lo único que vas a poder hacer es intentarlo y seguir intentándolo, sin estar seguro al 100% de que estás haciendo las cosas bien o de que podrías mejorar en muchos aspectos, los cuales desconoces por esa falta de comunicación “real”.

Partiendo pues de esta base, intentando ser optimistas, y conociendo nuestras limitaciones, ¿qué podemos hacer para intervenir con este colectivo? Las respuestas salen solas: individuos y familia. Son los dos ámbitos principales de actuación; es lo primordial, y cuando esto se consiga, también podríamos abordar las relaciones sociales del individuo con su medio, pero solo al haber profundizado en la intervención individual y familiar.

El autismo se detecta en la infancia temprana, cuando el niño empieza a tener comportamientos fuera de lo normal y no se relaciona con sus padres y con el entorno como cualquier otro niño; aquí es tarea de los padres preocuparse por su hijo y llevarlo al médico, que será el que informe a los padres de la situación; esta primera actuación es muy importante, y el medico deberá derivar a un educador/trabajador social que será el que informe a los padres más exhaustivamente de lo que el autismo supone, haciendo hincapié en la necesidad de que los padres reconozcan dicho trastorno (muchos no lo hacen), de forma que asegure el bienestar de su hijo y éste pueda acceder a una intervención adecuada a sus necesidades.

Si el autismo no se reconoce, el niño no podrá desarrollar sus potencialidades ni se adaptará nunca al medio. No podemos vivir una mentira, tenemos que enfrentarnos a la realidad y vivir de la mejor forma posible con ella.

Una vez que es reconocido el trastorno autista, lo primero es trabajar con el niño el lenguaje y la comunicación; aunque no sabemos como funcionan los procesos mentales de los autistas, si sabemos (mediante la observación), que un niño al que se le ha potenciado el lenguaje desde pequeño se comunica mejor que otros que no lo han hecho y es capaz de relacionarse mejor con sus padres y su entorno.

También se puede trabajar con él los colores como forma de estimulación, las formas geométricas y la psicomotricidad del cuerpo. Una vez que todo eso se haya alcanzado, podría pasarse a la concepción del bien y del mal, lo que se debe hacer y lo que no, y algunas normas sociales básicas, siempre teniendo en cuenta la capacidad del menor y hasta donde puede llegar.

Por otra parte, con la familia debe trabajarse desde cero, y lo primero es la formación sobre qué es el autismo, qué le pasa a su hijo, que posibilidades tiene, sus limitaciones y sus potencialidades, para que una vez formados, podamos empezar a trabajar sobre cómo educar a su hijo, como tratarlo, qué hacer cuando el niño se descontrole, poner a la familia en contacto con asociaciones o entidades que puedan servirles de redes sociales, colegios con educación especializada para personas con autismo, y todas las actuaciones que se nos ocurran.

En este campo de intervención es fundamental la empatía y la formación mediante lo poco que hay investigado sobre el autismo, pero sobre todo, lo más importante es tener ganas de ayudar a estas personas, creatividad, paciencia y buena voluntad.

viernes, 3 de junio de 2011

EXPOSICIÓN DE CLASE

Miércoles, 18 de mayo de 2011

INTERVENCIÓN EDUCATIVA CON PERSONAS QUE SUFREN ADICCIÓN A LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS

El término adicción, a menudo se ha relacionado con las adicciones a sustancias y con el daño físico que dichas sustancias ocasionan en el cuerpo humano, sin tener en cuenta el factor psicológico, que también está presente en ellas, pero a la vez puede ser motivo de otras adicciones, esta vez psicológicas, caracterizadas porque para su aparición, no es necesaria la existencia de una sustancia determinada, sino que más bien hace referencia a un comportamiento descontrolado en la conducta del individuo para la obtención de placer.

Este es el caso de la adicción a las nuevas tecnologías, que puede ser considerada como una enfermedad de tipo psicológico perfectamente. La línea entre el uso y el abuso de las nuevas tecnologías es muy fina, y aún más lo es entre el abuso y la dependencia y adicción, llegando esta última a caracterizarse por la pérdida del control en la persona de su propia conducta.

Objetivamente, cualquier persona con acceso a las nuevas tecnologías puede convertirse en adicto a ellas, aun así existen una serie de factores de riesgo, como son:

- Carencias psicológicas primarias (falta de relaciones y objetivos)

- Dificultades en las relaciones interpersonales

- Pobreza de habilidades sociales

- Timidez

- Soledad

- Carencia de autoestima

- Género y edad


Creo que como presentación de este colectivo de personas adictas a las nuevas tecnologías, no es necesario decir mucho más, pues es ampliamente conocido por todos, pero antes de pasar a las formas de intervención, una última anotación: la diferencia entre nativo digital e inmigrante digital, entendiendo al primero como una persona inmersa desde la infancia en las nuevas tecnologías, y a la segunda como una persona que durante su vida ha visto el avance tan rápido que han tenido las nuevas tecnologías, pero no se ha terminado de adaptar a ellas. La diferencia entre estas dos personas genera lo que se conoce como brecha digital.

Personalmente, creo que no se le da mucha importancia a este tema, pues los inmigrantes digitales, no ven el riesgo que las nuevas tecnologías pueden tener sobre la población más joven. La brecha digital no es “una cosa de risa”, aunque a veces nos haga gracia que nuestros abuelos nos pregunten como se llama por teléfono con un móvil; detrás de eso, existe un desconocimiento de la adicción que las nuevas tecnologías pueden generar en una población que no tiene muy definidas ni su personalidad ni sus expectativas en la vida, y que está menos experimentada y es menos madura que la población de “inmigrantes digitales”. Por eso muchas veces, los propios padres no le dan importancia a que sus hijos se pasen las horas jugando a la consola, o enganchados al ordenador y a las redes sociales.

Como forma de intervención creo que es muy importante que se empiece por la educación de adultos. La adicción a las nuevas tecnologías puede desembocar en una ludopatía severa por la necesidad de jugar para sentir placer, y si ese hecho no se controla desde la infancia, será muy difícil hacerlo cuando el niño ya sea un adolescente o joven. La educación de los padres en los riesgos que las nuevas tecnologías llevan consigo es un aspecto a trabajar muy importante, informándoles de qué significa el término, dándole claves para detectarlo y enseñándoles qué recursos, asociaciones o medios tienen a su disposición si la conducta del niño se descontrola.

Este campo de la adicción a las nuevas tecnologías es algo muy nuevo todavía y queda mucho por descubrir y experimentar. Nuestra generación tiene “la suerte” de haberse visto inmersa en esa nueva era informática no desde la infancia, sino desde la adolescencia aproximadamente, con lo cual hemos conocido otra cosa, sabemos qué es vivir sin tecnología pero también sabemos el daño que puede hacer el abuso de las mismas; estamos en un punto intermedio en el que no somos nativos digitales ni tampoco inmigrantes, y podemos hacer muchas cosas para prevenir e intervenir en este ámbito, siendo en enlace entre los padres y los hijos y la vía de comunicación (en este campo) entre unos y otros.

Además de esta educación a los padres, también propondría como forma de intervención la “educación en nuevas tecnologías” a los chavales en los colegios e institutos, enseñándoles a utilizar por ejemplo un ordenador, pero también advirtiendo de los peligros que entraña el hacerse miembro de una red social, enseñándoles a proteger su identidad o qué contenidos pueden mostrar y cuales no.

Así mismo, les propondría a los colegios el uso responsable de los ordenadores (también los regalados por la Junta de Andalucía) y las aulas de informática, y el fomento en la escuela de las actividades de ocio y tiempo libre, animando a los niños a realizar actividades o competiciones deportivas por la tarde que sirvieran de excusa para salir de su casa y de los juegos de ordenador o consola que tienen a su disposición, utilizando una forma de comunicación sana y fomentando las relaciones sociales personales entre ellos.

Para todas estas actuaciones, debería entrar en acción el trabajo y la educación social, intentando cubrir los vacíos que existen en este ámbito tan nuevo, preocuparse por los posibles casos de intervenciones terapéuticas (que deberían ser derivadas), y encargándose de la prevención y la reeducación (competencias de la educación social), y de la intervención y la reinserción (competencias del trabajo social), atendiendo especialmente a la población adolescente y menor de edad.



“No han de demonizarse las herramientas tecnológicas, pues si se hace un uso responsable y controlado, nos ofrecen múltiples ventajas facilitándonos la vida en general”.

martes, 24 de mayo de 2011

-Exposición de clase-

Miércoles, 27 de abril de 2011

INTERVENCIÓN SOCIOEDUCATIVA EN SALUD MENTAL

“Lo que el mundo llama genio es el estado de enfermedad mental, que nace del predominio indebido de algunas de las facultades. Las obras de tales genios no son nunca sanas en sí mismas, y reflejan siempre la demencia mental general”.

Edgar Allan Poe


Actualmente, concebimos a las personas mentalmente saludables como aquellas que gozan de un estado emocional y psicológico óptimo, que les permite hacer pleno uso de sus capacidades sociales, emocionales y cognitivas, por lo que poseen todas las capacidades mentales para desenvolverse en la vida cotidiana.

Cuando estas capacidades mentales se ven deterioradas, aparece la enfermedad mental, siendo una de ellas el trastorno obsesivo compulsivo, al que mis compañeros le dedicaron gran tiempo y esfuerzo por aclararlo.

La persona que sufre un trastorno obsesivo compulsivo, se enfrenta a la intrusión de pensamientos o impulsos desagradables en su conciencia, lo que causa acciones urgentes irresistibles, que llevan a realizar rituales para poder disminuir con la ansiedad.

A menudo se ha utilizado el TOC (en caricaturas, películas y vídeos) como forma de ridiculizar a ciertos personajes, dando a conocer “el lado gracioso” de este trastorno e incluso utilizándolo para hacer reír a los demás; sin embargo, detrás de este trastorno hay mucho más.

En primer lugar, hay una persona, un ser humano con un problema de salud mental, y en segundo lugar, esa persona, por lo demás prácticamente saludable, es consciente de su enfermedad, sabe que lo que hace no tiene sentido ninguno, pero no puede dejar de hacerlo. Simplemente imaginar que me pudiera pasar algo así me pone los pelos de punta, pues la sensación que tiene que tener esa persona para consigo misma es de “estar loco” y más aún cuando ves que la gente que te rodea no te entiende, te mira de forma extraña o incluso se ríe de ti.

Durante la exposición de mis compañeros hubo algo que me llamó mucho la atención, y fue que:

“No existen medios, terapias o recursos para que las personas con algún tipo de enfermedad mental se integren de forma normalizada en la sociedad”.

Es muy duro saber de antemano que la intervención con este colectivo es casi inexistente, y no ya porque la sociedad no los acepte, sino porque NO HAY RECURSOS disponibles para ellos... “no se llevan” las personas con enfermedades mentales, ahora parece ser que lo que está de moda son las personas mayores y los discapacitados... ¿quien sabe que nos tocará de aquí a unos años? La realidad es que hoy por hoy, nuestra intervención está muy, muy restringida salvando el tratamiento hospitalario.

Así pues ¿qué es lo que podemos hacer? Bueno, el que no se consuela es porque no quiere... y a mi se me ocurre que, ya que no hay recursos específicos ni terapias o medios para estas personas, tenemos que usar lo que ya tenemos y amoldarlo de la mejor forma posible a las necesidades de este colectivo.

Aquí, más que nunca veo indispensable el trabajo interdisciplinar entre los educadores sociales, los psicólogos, los psiquiatras y los trabajadores sociales, pues cada uno desde su especialidad aportará su creatividad y conocimientos para utilizar y aprovechar los recursos que se tienen de la mejor manera posible adaptándolos a las necesidades del colectivo.

Trabajar con las familias para paliar esa sobreprotección o falta de comprensión que tienen hacia la persona con una determinada enfermedad mental, insertar a los profesionales (sobre todo introducir la figura del educador) en los hospitales, (ya que son los únicos centros que atienden a personas con problemas de salud mental), o dedicarse a formar e informar a la población en colegios, institutos, jornadas, congresos, etc. sobre la realidad de los trastornos mentales (para paliar la concepción social de dicha enfermedad y el binomio desconocimiento-rechazo que genera), son algunas de las propuestas que yo haría para intervenir con este colectivo.

El caso práctico de mis compañeros, se centró en el suicidio, y a mi personalmente, me llamó mucho la atención el apartado que le dedicaron a las características personales del suicida, donde aseguraban que había suicidas vicariantes, perfeccionistas, hedonistas, transicionales, y sintomáticos, y para mí, todos ellos respondían a algún tipo de “enfermedad mental”, bien sea por el afán desmedido por el físico, por el hecho de no soportar la idea de la muerte o por no perder su posición social.

Si una persona llega a ser capaz de quitarse la vida por alguna de esas circunstancias, es que algo no funciona muy bien que digamos en la azotea. ¿Es por tanto el suicidio un tipo de enfermedad mental? No, no diría eso, creo que más bien es una falta de recursos y redes de apoyo en la persona para enfrentarse a la vida, agudizado claro está, por algún tipo de enfermedad mental en “pequeño grado”. Sea como sea, aquí los educadores también tenemos mucho que hacer, sobre todo en proporcionarle a la persona recursos y redes de apoyo a las que pueda recurrir y como siempre, utilizar la prevención como forma de evitar futuros y trágicos desenlaces.

Sea como sea, esto es como todo, si quieres, puedes, y si queremos, encontraremos cosas que hacer para ayudar a estas personas, el problema viene cuando el desempeño profesional no se corresponde con la parte vocacional que nos toca a cada uno... Para concluir esta entrada, quiero destacar la calidad de la exposición de mis compañeros, y sobre todo lo atractivo que nos resultó el tema a la mayoría de la clase.

La única crítica que tengo, es que, este colectivo al menos, debería tratarse en mayor profundidad, dividirse en dos clases aunque la exposición corriera a cargo de dos grupos diferentes, pues es muy novedoso para nosotros y demasiado interesante como para profundizar en él simplemente durante dos horas.

A mi personalmente, el tiempo se me quedó muy corto. Por lo demás, nada más, seguimos aprendiendo aunque ya casi a final de curso parezca algo imposible...

domingo, 15 de mayo de 2011

EXPOSICIÓN DE CLASE. 13/04/2011

INTERVENCIÓN SOCIOEDUCATIVA CON PERSONAS INMIGRANTES.

La palabra “inmigrantes” está llena de estereotipos; no existe una definición clara, pues en teoría, todas las personas que vienen a vivir a España deberían llamarse “inmigrantes” pero en la realidad, entendemos dentro de este término a “las personas procedentes de países pobres, cuya función en nuestra sociedad es la de ocupar aquellos puestos de trabajo que no podemos o no queremos asumir” según la Asociación Granada Acoge.

Solo las personas que consideramos inferiores a nosotros, menos dignas o de peor clase social (de ahí que me refiera al término como estereotipado y lleno de prejuicios) son inmigrantes, y aunque nos consideremos muy progresistas, liberales y “molones” al aceptar a todo el mundo sin discriminación ninguna, no es así; en el fondo, vemos inferiores a estas personas, pero curiosamente a los inmigrantes “guais” de Europa, les damos todo el reconocimiento y prestigio social que a los otros les quitamos porque claro, los Europeos o Norteamericanos que vienen a vivir a nuestro país, son muy distintos a esos otros que vienen a “formar escándalo”, “quitarnos el empleo” o vivir “a costa de nosotros”.

En el transcurso de esta clase, me he ido dando cuenta del desconocimiento casi preocupante para estar en tercero de carrera y a un año de terminar los estudios, que tengo acerca de los recursos disponibles, tanto para los inmigrantes como para los colectivos más desfavorecidos en general. Sinceramente no entiendo porqué en esta carrera tenemos asignaturas como “Cultura Andaluza” o “Teoría e Instituciones Contemporánea de la Educación”, que si bien están para adquirir competencias o formación general, de nada nos sirven a la hora de trabajar con las personas en riesgo de exclusión.

Creo que ya lo he comentado alguna que otra vez, pero sigo pensando que lo primero, (en esta carrera al menos), debería ser enseñarnos a trabajar con las personas más desfavorecidas, tener asignaturas especiales y únicas de intervención con cada colectivo, de habilidades sociales y de técnicas de comunicación verbal y no verbal entre otras, antes que “TICE”, Cultura Andaluza o incluso Política Social, que desgraciadamente tal y como están planteadas, parecen más una forma de salvar un plan de estudios “a lo moderno y progre” antes que preocupadas por dar una formación real e integral en el trabajo y la educación social.

Muchas veces he pensado en documentarme e informarme por mi cuenta, pero sinceramente, dado el volumen de trabajo que se nos exige, los continuos trabajos en grupo a los que tanto temo, y las tareas y tareas que se nos exigen todas las semanas, me resulta imposible, y me da miedo salir el año que viene a la calle y a la vida real, porque cuando empiece a trabajar, tendré en mis manos el bienestar y “la vida” de muchas personas a las que actualmente me siento incapaz de ayudar como me gustaría por esa falta de recursos y en definitiva del “qué hacer” que tengo.

Volviendo al tema de la inmigración, quiero pararme en un dato importante: cuando hablamos de inmigrantes, hablamos de cifras estadísticas, de inmigrantes empadronados “legales”, por así decirlo, pero ¿qué pasa con los cientos y cientos de inmigrantes ilegales? ¿Como no están reflejados en una base de datos no existen, no?

El lunes pasado, en las prácticas de laboratorio de trabajo social comenzamos a hacer un informe social de un caso visto en una película, y el profesor nos dijo, que al hablar de los recursos económicos que poseía la familia, solo podíamos referirnos a aquellos ingresos que podíamos certificar que existían (la familia en cuestión se dedicaba al tráfico de drogas y la venta ilegal de tabaco, y “legalmente” solo podíamos reflejar la existencia de una pensión de viudedad y otra de jubilación).

Me quedé un poco impactada con este tema, pues al igual que con los inmigrantes ilegales, “lo que no está escrito, no existe”, aunque sepamos que sí y sea necesario intervenir desde ahí; desgraciadamente, ante esta realidad “ilegal” nuestra posibilidad de actuación se ve sustancialmente reducida, y obviamente es un gran error al que tenemos que buscarle alternativas de solución centrándonos en el origen del problema, que no se si proviene del intento de evasión de dicha realidad o de un sistema que no refleja ni recoge las verdaderas necesidades de la población del país (que no se qué es peor).

No recuerdo si fue el futuro candidato del PSOE o del PP a la alcaldía de Sevilla, pero hace poco en el periódico, leí que uno de estos dos personajes, le “exigían al comisionado del Polígono Sur una mejora en cuanto a la situación de exclusión del barrio”. Ala, ahí, eso es, no nos echan cuenta cuando pedimos ayudas, subvenciones o más recursos, pero en cuanto se avecinan unas elecciones en las que cualquiera de los dos partidos puede hacerse con la alcaldía de la ciudad, bien que se preocupan ahora por todos, incluso por los que tras las elecciones son olvidados de manera increíblemente sencilla y sin miramientos; eso sí, mientras tanto, reivindican unos ideales que ni ellos mismos se creen y se proclaman defensores de los más pobres... cada día me gusta menos la política...

Otro dato (con el que seguro que os reís) viene de la boca de la candidata a la alcaldía de “Los Verdes. Andalucía Ecológica”, señora, que en su amplia experiencia y conocimiento de la desadaptación y la exclusión social, asegura que la mejor forma de erradicar la exclusión y conseguir que los colectivos más desfavorecidos se integren en la sociedad responde a la fórmula: árbol + banco + teatro = fin de la exclusión.

Lo alarmante es que esta señora ha estudiado trabajo social, y defiende como programa de su campaña electoral ante la exclusión la necesidad de poner más zonas verdes y bancos en la vía pública (para evitar el consumismo al que nos vemos obligados por tener que reunirnos con los amigos en un bar para vernos), así como la implantación de museos y teatros por doquier como método buenísimo y “super” eficaz para que “los pobres y excluidos” se integren con “los normales” y vean como tienen que comportarse. Qué miedo por Dios.

Ante este tipo de situaciones ¿qué podemos hacer? Si esta gente nos gobierna, y estas son sus propuestas, ¿qué pretenderán hacer con los inmigrantes y más aún, con los inmigrantes ilegales, por Dios?

En fin, será que estamos en época de campaña y me indigno ante las cosas que escucho pero basta de hablar ya de política, y más si dicha política apenas hace nada por las personas.

Al tratar con inmigrantes, se me ocurre que la mejor forma de intervención sería actuar a través de los factores de riesgo de exclusión. Hemos dicho muchas veces que una persona no está en riesgo por una sola causa, sino por un conjunto de situaciones que se interconectan entre sí, y en el caso de los inmigrantes, dichas situaciones se refieren sobre todo a la soledad, el desconocimiento de la cultura, el lenguaje, el desarraigo y la falta de redes de apoyo, la precarización laboral, la falta de atención social, y un largo etcétera que traen los ya conocidos problemas de exclusión, empleo, vivienda, participación social y demás.

Por eso creo que la intervención que plantearon mis compañeras es bastante adecuada, y creo que con este colectivo precisamente, se están haciendo las cosas bastante bien dentro de las posibilidades que nuestro gobierno nos permite con los recursos que nos dan. Es esperanzador saber que muchas asociaciones atienden a los inmigrantes ilegales sin preguntar por ningún papel, y lo hacen desde el respeto y la dignidad que como personas se merecen, y creo que los talleres prelaborales, de aprendizaje del idioma, y el trabajo en grupo para crear redes de apoyo es muy positivo con este colectivo que está tan desamparado.

Sin embargo, aún nos queda mucho por hacer y mientras la sociedad no cambien su idea de que “el que está vendiendo pañuelos en un semáforo es porque quiere”, la inclusión e integración social seguirá costando muchísimo, y nosotros, como trabajadores y educadores sociales, debemos ser una parte activa en el cambio de esa visión.

No podemos seguir esperando a que los políticos nos ayuden altruistamente, debemos presionar y luchar por los intereses de un colectivo que no tiene ni voz ni voto (y nunca mejor dicho), y como propusieron mis compañeros, una buena forma e hacerlo sería luchar por la creación y puesta en marcha de un programa de actuación propio en materia de inmigración como soporte que nos respaldara en nuestras actuaciones, para así y así no tener que estar esperando la “buena voluntad” y colaboración de otros.

jueves, 28 de abril de 2011

EXPOSICIÓN DE CLASE. 6/04/2011

INTERVENCIÓN SOCIOEDUCATIVA ANTE PERSONAS CON DISCAPACIDAD INTELECTUAL.

Me he quedado un poco en blanco a la hora de escribir sobre esta exposición; sinceramente, apenas pude estar atenta a lo que se iba viendo, pues mi rol de autista me lo impedía, así que he decidido contar cómo me sentí y cómo logre empatizar en cierto modo con las personas que sufren discapacidad intelectual.

Cuando mis compañeras me propusieron colaborar de esta manera, enseguida acepté, pues la idea me gustó mucho. Tengo la suerte de conocer a una persona con autismo, así como a su familia, y en los dos años que llevo tratando con ellos, me han ido enseñando muchísimas cosas; me parecía interesante a la hora de “escenificar” el autismo, no basarme en la idea estereotipada que muchos tienen de él, sino en la realidad de esta discapacidad, que por suerte conozco y he aprendido a valorar.

Una persona autista tiene dificultades a la hora de relacionarse socialmente; no es capaz de aprender a hablar correctamente ni escribir, pero no por ello debemos caer en el error de que una persona con autismo se queda aislada de los demás y no quiere contacto ninguno. Durante la exposición, mis compañeros muchas veces me hicieron sentir rechazada, “tonta” obligándome a sentarme y “estarme calladita”, sin entender que esa era la manera que yo tenía de relacionarme y que lo único que estaba pidiendo era un poco de atención.

Además, en el autismo no todo es tan inocuo; una persona autista debe estar vigilada constantemente pues puede obsesionarse con ciertas cosas que pueden terminar siendo perjudiciales para él; Javi, el niño con autismo que conozco, tiene una obsesión con el agua; siempre está pidiendo agua, roba las llaves de la cocina para entrar y beber, ha descubierto cómo abrir los grifos de su casa (grifos especiales), y su madre tiene que ducharlo y acompañarlo al baño (que también está siempre cerrado con un pestillo especial), para evitar que no beba, pues algo en apariencia tan inofensivo, le puede causar problemas importantes en los riñones; y es que estas personas, (por ejemplo Javi con el agua), no son conscientes de cuando parar, es algo que “deben hacer”, y que si nadie los vigila, estarán, por ejemplo, bebiendo agua hasta vomitar.

Esta realidad me pareció muy interesante destacarla durante la exposición y la respuesta que tuve de mis compañeros fueron risas, comentarios, y agua, mucha agua; tuve serias dificultades para beberme toda la que me daban, y no dejaba de pensar en cómo Javi podía beber tantísimo si a mi ya me estaba sentando mal, a la vez que me sorprendía que nadie me dijera nada por beber tanto ni se preocuparan del porqué lo hacía (aunque supongo que al desconocer este dato, era normal).

Para mí, el mayor problema con el que se encuentran las personas con discapacidad intelectual es la inclusión social, o mejor dicho, la falta de ésta y el riesgo de exclusión tan alto al que están sometidos; solo la familia y el colegio especializado (en el caso de que existiera), serían las únicas redes de apoyo de la persona con discapacidad intelectual y en el momento en el que alguna le faltase, el riesgo de exclusión aumentaría alarmantemente.

Mi propuesta se basa en una educación inclusiva; desde pequeños nos han enseñado en casa y en el colegio “lo que está bien, lo que está mal, lo que es normal y lo que no” y creo que en este tema, solo educando y formando desde la infancia en la igualdad de todos y explicando el porqué somos diferentes, se puede llegar a una “normalización” de la situación y una convivencia respetuosa de las personas entre sí.

Soy consciente de que hay personas que tienen un alto grado de discapacidad intelectual, y que por ejemplo a las personas con autismo es muy difícil integrarlas en la escuela de esa manera; entiendo que en determinados casos puedas existir colegios de educación especial para esos niños, pero en la otra gran mayoría de los casos (incluso en algunos del primer grupo), yo propondría incluir a los niños con discapacidad intelectual en un “ambiente normalizado”; es decir, insertarlos en las aulas, con los demás compañeros, sino en todas las clases, sí en algunas materias comunes, y dedicar otras al refuerzo de sus habilidades sociales o las materias que peor llevan (proceso que podría llevarse a cabo en la misma aula o en otra diferente).

Quizás más de uno piense que también de esta forma los niños se van a sentir discriminados por ese trato desigual y sus compañeros no los van a aceptar, pero creo que todo depende de los profesores, y de qué les digan y qué le enseñen a los alumnos sobre la igualdad, lo bueno y lo malo, el respeto y la humanidad; en definitiva, las enseñanzas que transmiten los profesores, han de pasar por la educación necesariamente, con todo lo que ese término conlleva, y no solo en aspectos teóricos obviamente, sino también en formación humana y de calidad, la cual es indispensable para que esta iniciativa de sus frutos, y estemos formando a las nuevas generaciones desde pequeños, para que en el futuro no tengamos que preocuparnos más de esta exclusión social.

martes, 12 de abril de 2011

Exposición de clase.

MAYORES EN EL OCIO Y TIEMPO LIBRE.

En esta exposición, volvimos al colectivo de personas mayores, esta vez para profundizar en su ocio y tiempo libre, y ver en qué invierten estas personas su tiempo.

Para empezar, decir que me llamó mucho la atención que este colectivo volviese a salir en las exposiciones, y haciendo un análisis crítico he llegado a dos conclusiones: en primer lugar, que este hecho se debe a la necesidad de profundizar en un colectivo que cada día tiene más fuerza dentro de nuestro campo profesional y es susceptible de verse necesitado de ayuda por parte de los profesionales (y con esto me refiero a que el gobierno sí que presta las subvenciones/ayudas/recursos necesarios para que nosotros trabajemos con las personas mayores, y por ello tenemos más posibilidades de hacer cosas con este colectivo, no como con otras personas, quizás incluso más necesitadas, pero con las que nuestra actuación está limitada por los recursos que tenemos); en segundo lugar, hay otra conclusión: volvemos a estar al servicio de lo que nos mandan, y el hecho de que ningún grupo vaya a realizar por ejemplo exposición sobre las personas sin hogar, me llama mucho la atención por diversos motivos.

Centrándonos en el ocio y tiempo libre de las personas mayores, tengo que decir que la exposición que mis compañeras hicieron de este tema me decepcionó mucho. Ya al principio, me “chocó” que definieran el envejecimiento como un proceso “desfavorable”, y a las personas mayores como ancianas o viejas; será cosa de la costumbre, o que ya nos han metido en la cabeza a presión que cuidar el lenguaje es algo muy importante, pero no creo que referirse al colectivo de esa forma bajo la excusa de que “queremos mostrar lo que la sociedad piensa” sea correcto; precisamente si nos dedicáramos a eso, no tendríamos siquiera esta asignatura, porque la sociedad no piensa en estas personas.

En definitiva: observé muchas incongruencias y una forma muy negativa de enfrentarse al tema; ellas no estaban tratando la marginación de las personas mayores, solo su ocio y tiempo libre, y de eso, no apareció nada en la exposición. Por supuesto, me ahorraré el comentar acerca de lo que me parece que pongan un vídeo de navidad con frases que supuestamente han escrito las personas de la residencia (que casualmente según ellas, el 70% tiene algún tipo de demencia), o que las dinámicas tuvieran tan poco sentido, o que no se dedicara mi una palabra a hablar del ocio y tiempo libre...

En vista de todos estos impedimentos para realizar una buena reflexión, he tenido que hacer yo su trabajo e informarme sobre qué diferencias existen entre las residencias públicas y privadas en cuanto a la gestión y obtención de recursos (que marcarán fuertemente el tipo de intervención).

La primera diferencia que he encontrado entre las residencias públicas y privadas es que si bien los directivos de ambos centros orientan su actuación en función del residente-cliente, la percepción del mismo difiere en función de ello y se les otorga un mayor o menor protagonismo. “En el sector público se trata de mantener al máximo la “autonomía” de los mayores, lo que tiene un doble efecto. Por una parte, la persona mayor se siente mejor y más útil, y por otro, su demanda hacia el personal también tiende a disminuir. Si bien la normativa a nivel público es mayor, la expresión de las emociones está más permitida, lo que también da salida a los sentimientos de violencia que albergan las personas mayores, tanto la negación de su envejecimiento, como el resentimiento por el abandono o la ausencia de vínculos familiares, como la exasperación por la pérdida de intimidad que supone el tener que compartir una habitación.

En cuanto al personal, en la privada prima una actitud paternalista, y en la pública se prefiere el trabajo en equipo y una creciente profesionalización. El vínculo con la familia también es distinto, si bien en ambos centros suele ser la familia la que propone el ingreso: en la privada, la familia delega los cuidados y exige en función de su inversión económica; en la pública, en cambio, a mayor deterioro económico, mayores posibilidades de ser aceptados en los centros y también mayor ausencia y desprotección familiar.

De modo específico en los centros públicos, observamos que, al igual que en los privados, existen grandes diferencias generadas en gran parte por la antigüedad y el tamaño, la formación del equipo profesional, el origen profesional del directivo, y el grado de deterioro de los residente (en las residencias públicas se prioriza la entrada de personas con altos niveles de dependencia, mientras que en las residencias privadas la entrada se realiza en función de si el cliente puede o no costearse dicha estancia). El peso y la presencia de la familia aparecen más desdibujados en los centros públicos que en los centros privados”. (Kaufmann, A y Frías, R.)

Estas son, de manera muy esquemática y resumida las principales diferencias entre las residencias públicas y privadas, y creo que es obvio, según lo visto, que las residencias públicas tiendan más a invertir el dinero de sus subvenciones en los propios pacientes, que como hemos dicho antes, tienden a presentar grandes niveles de dependencia; por el contrario, las residencias privadas, al tener que costeárselas el usuario (lo que implica un nivel de vida alto y unas expectativas y exigencias de dicha estancia), se invertirá más en el fomento del ocio y tiempo libre, pues tienen el capital necesario para costearse los recursos necesarios para estas actividades y a la vez atender a los posibles casos de dependencia.

Por último, me gustaría aportar un dato curioso: de las 2.700 residencias geriátricas que existen en España, sólo 700 tienen carácter público, lo que en términos de asistencia significa que existen todavía unos 27.000 jubilados en lista de espera. Ni siquiera los Centros Concertados han podido absorber este excedente de jubilados y solucionar un problema que se agrava con el tiempo: el de las personas que, sin posibilidad de acceder a una residencia pública, no pueden tampoco permitirse el lujo de una privada.

Creo que el problema no está en el tipo de residencia, ni en que los mayores opten por la “vida de hotel” que se les proporciona en las residencias privadas, pues si la persona dispone de los medios necesarios, me parece perfectamente normal que opte por esa opción; sin embargo ¿qué pasa con las personas que necesitan de los cuidados de otros y no pueden acceder a las residencias por estar éstas saturadas y sin personal? Ahí la cosa cambia, y lo primero, es defender el derecho de una persona mayor a vivir dignamente y con los cuidados necesarios el resto de su vida, cuando eso esté logrado, podremos hablar de mejorar el ocio y tiempo libre que ahora mismo y tal y como están las cosas a nuestro alrededor, para mí, la verdad que es algo secundario, pues hay mucha gente con muy buenas ideas, pero pocos recursos para todo y necesitamos priorizar.


REFERENCIAS:

Kaufmann, A y Frías, R.: Residencias: lo público y lo privado. Centro de Investigaciones Sociológicas. Universidad de Alcalá de Henares.

domingo, 10 de abril de 2011

EXPOSICIÓN DE CLASE

23/03/2011

INTERVENCIÓN SOCIOEDUCATIVA CON PERSONAS INVIDENTES.

Cuando me enteré de que las personas invidentes eran uno de los colectivos sobre los que se podía trabajar en la asignatura, y que íbamos a tener una exposición sobre este tema, me ilusionó mucho, no solo por ser un tema novedoso, (que para mí lo era), sino porque no tenía ni remota idea de qué pintaba un educador/trabajador social con las personas invidentes.

A medida que avanzaba la exposición fui descubriendo que un educador social no solo debe estar en las ZTS, o atendiendo a niños absentistas, mujeres maltratadas, etc., es decir, que hay algo más, fuera de “lo típico” a lo que también nos podemos dedicar, y ha sido esta idea la que me ha abierto la mente, y me ha hecho tener curiosidad por bichear e investigar que más campos de intervención me estoy perdiendo simplemente por desconocerlos.

Con este colectivo por ejemplo, un educador se centra en ayudar a la persona invidente en el desarrollo de las habilidades sociales, en la potenciación de su autonomía, en “cuidarlas” en muchos casos etc. y esta idea me sugirió una reflexión importante: sabemos que dentro de nuestras funciones profesionales está por encima de todo (o debería estarlo), la conciencia social y el deseo de ayudar a la gente a rehabilitarse y reinsertarse socialmente en la medida de nuestras posibilidades y de las suyas personales, pero quizás podamos correr un peligro aquí, y es el de creernos los “salvadores” de las personas.

Quizás aún sin quererlo, podríamos caer en el error de generar un vínculo tan fuerte entre usuario-técnico que creamos que esa persona no podrá salir adelante sin nosotros, o hagamos que esa persona se convierta en dependiente y en el momento en el que quiera ser autónomo y hacer las cosas por si solo fracase al no “tenerlos al lado”, por lo que vuelva a “necesitarnos”, y se genere un círculo vicioso entre ambos bastante problemático.

Me parece que esto es algo importante de resaltar, pues he visto en el caso de las personas invidentes un claro ejemplo (ante la falta de uno de los sentidos tan básicos como es la vista), de una posible dependencia del profesional para que sea sus ojos y le ayude en el día a día sin tomar de forma autónoma sus decisiones (por supuesto este ejemplo es extrapolable a un sin fin de casos diferentes; el riesgo aunque varíen sus condiciones, sigue estando en todos los casos).

Por eso creo que es importante concienciarnos y grabarnos a fuego una frase: “nosotros no salvamos a nadie, las personas se salvan solas”. Si tenemos esto presente, no intentaremos ser los ángeles guardianes de nadie, y sobre todo, no nos quemaremos con nuestro trabajo, pues si una persona no quiere salir de su situación, por muy bien que nosotros hagamos nuestra intervención, las cosas van a seguir siendo así; es la persona la que decide, nosotros solo le podemos mostrar la puerta, él/ella es el que tiene que decidir atravesarla y afrontar lo que venga detrás.

Al hablar de la forma de intervención con el colectivo de personas invidentes, me quito el sombrero ante una persona que dijo: “si se cae, te agachas y lo palpas”. Esta persona no era trabajadora social, no era educadora, ni psicóloga ni pedagoga, sino solo madre de un invidente, y es increíble como, cuando menos te lo esperas y cuanto más crees que sabes sobre TU trabajo, TU intervención y TU forma de hacer las cosas, llega alguien que solo piensa en el bien de otro, en su pleno desarrollo y su autonomía y te da la solución perfecta.

A mi personalmente, me ha hecho pensar y darme cuenta que el hecho de que yo vaya a ser la trabajadora y educadora social, no significa que tenga la verdad absoluta, y que no deberíamos caer nunca en el error de creernos la máxima autoridad al respecto, pues a lo mejor un científico se lo puede permitir, pero en el campo de lo social, la “verdad” depende del punto de vista con el que cada uno mire a su alrededor.

Después de este inciso, y como decía anteriormente, la autonomía es fundamental entre los invidentes, y es lo primero que se debe trabajar con ellos, la autonomía en todos los sentidos; no podemos hacerlos dependientes de nada ni de nadie, y sé que por ejemplo el método del perro lazarillo es una gran idea, pero antes de esa opción, deberíamos enseñarle a la persona que ella es perfectamente capaz de desenvolverse en su día a día, que no necesita de nada, que no es menos que nadie, y por supuesto, que es tan válida como el que más en todos los aspectos de su vida.

Por último, simplemente hacer una mención a la ONCE. Esta organización como decían mis compañeras, era casi la única que intervenía con las personas invidentes y como decía Jose, no podemos olvidar que no es sino una empresa; una empresa que ha sabido manejar bien sus recursos.

Obviamente cualquier persona con los recursos necesarios y con ganas de cambiar el mundo podría hacerlo, pero la realidad no es así. El dinero corrompe mucho a la gente, la hace avariciosa y ambiciosa, y en esas palabras no cabe la famosa idea de “conciencia social”; no caben los demás, los que menos tienen y más necesitan, y por eso en cierto modo, me alegro de que queden personas en el mundo que inviertan su dinero y lo gestionen de tal manera que puedan seguir ayudando a otros.

Por otro lado, también “me alegro” de que los profesionales no tengamos todo el dinero del mundo para intervenir, pues dudo mucho de la calidad de dichas intervenciones en tal caso; sin embargo, si tenemos poco, más nos esforzaremos en utilizarlo de tal modo que no se nos escape lo más mínimo, aunque eso no quita que tengamos que seguir peleando por defender los derechos de las personas, sobre todo, el derecho a vivir dignamente y ser felices.